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«U fùiri è vriogna ma è sarbamientu di vita»

Nadie con un gota de sangre siciliana permitirá que se mencione sin arrobo esta despreciable institución, que se perpetúa gracias a la fea costumbre de los varones, consistente en rascarse constantemente la entrepierna por la comezón de una higiene insuficiente, exacerbando una genitalidad proclive a la eyaculación precoz; mientras que sus coetáneas, vislumbrando cumbres de pasión inmarcesibles, se guardan bien de hacer padre a quien no haya firmado el contrato matrimonial o no pueda subvencionar el alivio de lo que sólo es producto de su atávico odio al jabón.  Porque al hombre siciliano no le gusta estar con mujeres, se siente enfermo; él necesita la ruda camaradería de los machos.

Las familias sicilianas tienen un matriarcado con sociologia de corral aviar, y el picoteo inmisericorde de la mujer, quejosa y vocinglera, incapaz de ser discreta en un asunto que no le ataña, suele dar lugar a hombres ufanos y bravucones en la calle, que entran en coma profundo cuando llegan a casa. Sentados delante de la televisión, se diría que son obra de un taxidermista chapuzas que hubiera olvidado ponerles ojos de cristal.

Los hijos crecen, como no podía ser de otra manera, más próximos a nuestros ancestros de las cavernas que a la humanidad evolucionada, y suelen mostrar una crueldad cerril y una única ceja, que sombrea su mirada torva. En algún lugar de su anatomía existe un cerebro muy poco evolucionado, porque les basta con la médula espinal, y no necesitan pensar ni emocionarse ni sentir, salvo irritación, descontento y hastío. Comen con la boca abierta, y en una postura próxima al derrumbe sobre la silla y la mesa, y suelen escoger el momento en que tienen la boca llena para hablar. Su lenguaje es parco y repetitivo, tienen cierta propensión a la frase hecha, a la onomatopeya y a la idea fija, como sus progenitores, y jamás aprendieron a dar las gracias ni a excusarse; pero mienten sistemáticamente, con la misma soltura que respiran, y la mayoría de los odios incurables entre vecinos viene de esa capacidad sobrenatural para fabular y perjudicar.

Nadie con dos dedos de frente puede clamar contra lo que haga peligrar la familia tradicional: ha de ser la clericalla y la carcundia más cerril quien gima y amenace contra  la libertad, el erotismo, el libre albedrío y el divorcio, que son las únicas conquistas de la civilización que la humanidad debería defender, condenando a estos enemigos de la alegría de vivir a casarse y procrear o  sumergirlos en una balsa llena de mierda por cuya superficie pasase, cada treinta segundos, una cuchilla rebanando cuellos. ¡Qué menos!

U Crasticeddru

Imagen de El duende de los extravíos

Publicado el 01/04/2006 23:36. Archivado en WaybackMachine