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En España, que ha puesto de moda y consagrado los latiguillos «te lo juro», «si quieres que te diga la verdad», como una epidemia idiotizante para salpimentar cualquier declaración anodina y perfectamente falaz, no hay nada que esté más devaluado que la verdad. Y, como es lógico, quienes investigan los fraudes y las estafas a los ciudadanos, para descubrirlas, contarlas y combatirlas, se ven rebozados en la más atroz indiferencia de los afectados, que ni siquiera tienen el resorte básico de supervivencia para interesarse por saber qué y quiénes los alienan, los anulan y los extorsionan.

En este país privilegiado del primer mundo, donde la quinta parte de la población está por debajo del umbral de la pobreza, y la mitad se hipoteca durante treinta años o cuarenta años para tener una casa, con tal de imaginarse que pertenecen a la clase media y que son propietarios, cuando sólo son deudores y arrendatarios de un banco; en este país que ha multiplicado los títulos universitarios entre quienes tienen a bien estudiar y aprender lo imprescindible para aprobar, mientras que se exige cada vez menos a los titulados universitarios, y la noción de cultura general se ha convertido en una lista de conocimientos de inútil aplicación, no es de extrañar que los ciudadanos padezcan una idiocía moral que los incapacitaría legalmente para ejercer sus derechos y deberes civiles, si no fuera porque a esta entelequia de democracia le conviene esta masa amorfa que ignora sus derechos, y se mueve a golpe de emociones exacerbadas contra fantasmas creados para que descarguen ahí su indignación, para compensar su falta de dignidad.

En este miasma social, los héroes no son los que luchan un día a vida o muerte, y vencen o mueren gloriosamente. Los verdaderos héroes no son impulsivos ni temerarios, no necesitan público ni aplausos, y la indiferencia no los descorazona. No son conscientes de su heroicidad cuando se enfrentan cada día a un enemigo poderoso sin arredrarse con la dificultad y los fracasos. Son Sísifos perseverantes que empujan la roca hasta la cima, y vuelven a empezar una y otra vez, cuando las represalias se les vienen encima tratando de aplastarlos. Y si están cansados, si les falla el ánimo, si les asalta la tentación de abandonar su lucha, no se permiten el lujo de cultivar sus debilidades como el resto de los mortales. Y como ellos hay uno entre un millón.

Antonio Moreno Alfaro es uno de esos héroes. En su página web estafaluz.com, detalla cada una de sus denuncias, señala los culpables, los cómplices, y facilita un formulario para calcular y reclamar el dinero que, en justicia, deben devolvernos las compañías eléctricas.

Por una mera cuestión de decencia ciudadana, no deberíamos dejarlo solo, a no ser que merezcamos que nos estafen. Porque lo único que produce ganancias millonarias es la estupidez ajena.

Gatopardo

Publicado el 09/06/2008 16:07. Archivado en Wayback Machine